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26 DE marzo, 2026

EL PERRO QUE QUERÍA VOLAR

EL PERRO QUE QUERÍA VOLAR

Concurso Gigantes de la Lengua 2025
Mención en categoría Narrativa
Autoras: Julieta Dutra Suarez, Candela Pilar, Silva Maciel  y Victoria Fernandez Machado, del Liceo Santa Cruz – Salto (7°)
 

Había una vez un perrito chiquito que se llamaba Coco. Tenía las orejas largas y los ojos brillantes como dos caramelos negros. A Coco le gustaba correr por el patio, seguir mariposas y ladrarle a las hormigas, aunque ellas ni caso le hacían.

Un día, mientras descansaba panza arriba, vio pasar un pajarito muy lindo. El pajarito volaba tan alto que parecía tocar las nubes. Coco se levantó de un salto y dijo

– ¡Guau, yo también quiero volar!

Corrió hasta una silla que estaba en el jardín, se subió con cuidado y empezó a mover las orejas muy rápido, como si fueran alas. Pero nada pasó.  Saltó, y PUMM!, cayó derechito al pasto. Se sacudió la tierra del hocico y dijo.

–No importa, lo intento otra vez.

Buscó un globo rojo que Sofi, su dueña, tenía guardado. Se lo ató con una piolita en el lomo y esperó que el viento lo levantara. Pero el globo solo flotaba un poquito arriba de él, como si Coco tuviera una antena rara en la espalda.

– ¡Guau! ¡Así tampoco funciona! –se quejó.

Entonces pensó un plan mejor. Agarró una sábana vieja y se puso como si fuera una capa de superhéroe. Corrió por el patio, salto de la silla y gritó

–¡Soy Súper Coco, el perro volador!

Pero otra vez terminó en el pasto, revolcado, con la sábana tapando sus ojos.

Coco se puso un poquito triste. Se tiró al suelo y suspiró.

–Creo que nunca voy a volar como los pájaros.

En ese momento salió Sofi, la niña que lo quería mucho. Ella lo miró y le preguntó

-¿Qué hacés con esa sábana en la cabeza?

Coco ladró y movió la cola, como diciendo que quería volar. Sofi se rió y dijo

–Los perros no vuelan, Coco. Pero… yo tengo una idea.

Sofi buscó su bicicleta, que tenía un canasto adelante. Lo subió ahí, se puso el casco y empezó a pedalear muy fuerte. El viento soplaba muy fuerte, las ruedas giraban rápido y Coco sacó la lengua, feliz. Sentía sus orejas volando en el aire.

–¡Guauuu!–ladraba, con los ojos cerrados.

En ese momento Coco se dio cuenta que tal vez no podía volar con alas, ni con globos, ni con una sábana… pero sí podía sentir lo que era volar cuando Sofi lo llevaba en bici.

Desde ese día, cada vez que Sofi salía a andar, Coco saltaba al canasto y se convertía en el perro más feliz del mundo, con el viento en la cara y el corazón lleno de alegría.

Y aunque no tenía alas, Coco descubrió que para volar de verdad no se necesita despegarse del suelo, sino tener a alguien que te haga sentir liviano como una pluma.