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26 DE marzo, 2026

TRES COLORES…

TRES COLORES…

Concurso Gigantes de la Lengua 2025
Mención en categoría Narrativa
Autoras: Jenedir Correa y Faustina Mattío, de Liceo Santa Cruz – Salto (7°)

Clara era una mujer viuda que vivía en un apartamento pequeño, con paredes blancas que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla. Hacía un año que no pintaba. La muerte de Julián, su compañero de vida, le había dejado un vacío que ningún color podía llenar.

Una tarde de otoño, al bajar al sótano, la luz de la ventana se reflejó en la puerta de un armario. Al abrirlo, encontró una caja de madera cubierta de polvo. La tomó con curiosidad y, al destaparla, descubrió tres frascos de pintura con etiquetas escritas a mano: Rojo, Azul y Negro. Nunca habría esperado hallar algo así en aquel rincón.

Esa misma tarde, incapaz de dejar la caja de lado, destapó el frasco Rojo. El olor era fuerte, casi vivo. Sumergió un pincel y lo apoyó sobre un lienzo en blanco. Con cada trazo, los recuerdos de ellos juntos regresaban: las risas en la cocina, el calor de sus manos en invierno, los momentos sencillos que guardaban toda una vida.

Cuando cayó la noche, abrió el frasco Azul. El pincel se deslizó suavemente sobre el Rojo, como si cantara en silencio. Entonces aparecieron escenas de calma: las noches de lluvia escuchando música, los silencios llenos de paz, la luna iluminando sus rostros. El Azul la rodeaba como un abrazo interminable.

A la mañana siguiente, al despertar, Clara vio el frasco Negro sobre la mesa. No recordaba haberlo abierto, pero allí estaba, inmóvil, mirándola. Tardó en decidirse a abrirlo. Cuando lo hizo, notó que la pintura era más densa, más pesada. Con cada trazo, los colores que había puesto antes se borraban poco a poco. No solo en el lienzo: también en su memoria. La risa de Julián se apagaba, su voz quedaba lejana, su rostro se volvía una sombra. Pintar con negro era como cerrar una puerta sin vuelta atrás.

Asustada, dejó el pincel. Se quedó mirando el cuadro: partes llenas de vida, partes completamente oscuras. Entonces fue ahí que entendió que esos frascos eran algo más que pintura. Eran elecciones. Podía seguir con el rojo y el azul para aferrarse a un pasado hermoso pero ya perdido, o usar el negro para vaciarse de dolor, aun si eso significaba olvidar.

El lienzo quedó días enteros sin tocar, igual que su indecisión. Hasta que, una mañana, sin pensarlo demasiado, tomó los tres frascos y mezcló los colores sobre la tela. El rojo y el azul se encontraron en tonos nuevos, y el negro, en vez de borrarlo todo, les dio fondo y forma.

Al terminar, Clara vio un paisaje distinto: un horizonte abierto con un camino que se perdía hacia la luz. Colgó la pintura en la pared, guardó los frascos vacíos y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía seguir adelante.

Armó una maleta pequeña, puso lo justo y cerró la puerta. Afuera, el día la esperaba, pintado con tres colores.